Cajitas

 

La cueva del dinosaurio

 

Cuentos


Cuentos saharauis


SHELEMBUHA

La segunda vez que vio la mar, le pareció la ladera grande de una montaña quietecita y tranquila, pero tampoco tuvo tiempo de oler, con calma, el aire; no se dio cuenta de su significado ni encontró a nadie que se lo dijera, de modo que se mojó los pies con el agua salada de la que la mar está llena y se desentendió por completo del asunto.

 

-La mar es la madre de todo- le dijo un anciano pescador con aspecto de Hemingway que se le apareció durante el sueño de una noche de verano. Pero, por aquél entonces, tenía otros problemas acuciantes e irresolubles que resolver, de manera que tampoco le prestó mayor atención y siguió su camino. Era, evidentemente, uno cualquiera de nosotros: un occidental de nuestros días, sin tiempo para nada, impregnado del refrito cultural estadounidense (decía el escritor mejicano Juan Rulfo, autor de “Pedro Páramo”, que un país sin nombre es un engendro de Satanás).

 

Pero a ella, sin embargo, le gustó mucho la mar, le pareció un inmenso desierto azul bailando un vals de lentos y acompasados movimientos. Se rió a pleno pulmón cuando las olas la tiraban contra la arena. Disfrutó cada gota de agua que resbalaba sobre su piel tan seca como cuero de cabra, calando, poco a poco, en su alegría que, en lugar de guardar para momentos oscuros, derramó sobre la mar que se la daba formando una instantánea que es la esencia de la vida: “transforma la tristeza en una rosa”.

 

Iba a la escuela y veía su patria lejana, allá junto a un mar azul plano sin barquitos chiquititos en un mapa de colores de caramelo sujeto en la pizarra con una escarpia y veía las divisiones administrativas de color polo de fresa, de color verde menta, de color amarillo limón, como si existieran. Y ella se imaginaba que así era, que cuando pisara por fin su tierra, irremediablemente idealizada, pisaría el verde menta tan refrescante, que pisaría el rosa fucsia tan bailable como un son cubano que su hermano a veces entonaba de cuando estuvo allí estudiando, que pisaría el amarillo plátano de las cercanas Canarias donde los turistas tienen la extraña e inexplicable costumbre de ¡¡tumbarse al sol durante horas!! No cabe duda de que los europeos y americanos están locos (más adelante descubriría que también los asiáticos), apenas se salvan los esquimales que, a su manera, son tan parecidos. Sólo los africanos, sin embargo, tienen el sentido cósmico de la vida, aunque no todos, y algunos hermanos españoles, aunque muy pocos: los que la dejaban ver las películas de tiros en la tele.

 

Pero durante la noche, la luna es inmensa en el desierto de guijarros donde hace muchos millones de años hubo un océano. La luna allí es un blanco globo enorme suspendido de la noche por un hilo invisible y resistente, donde pueden apreciarse los mares donde deben haberse bañado los astronautas que estuvieron allí pero que no les debió de gustar demasiado porque no han vuelto desde entonces.

 

Nos has regalado una pipa de fumar en una preciosa funda de cuero artísticamente labrado. Gracias de todo corazón. Nos has regalado un darraá grande de un azul espléndido que recoge muchos de los azules de las caravanas nómadas desgajadas de una de las rutas de la seda que desde el Cercano Oriente se fueron acercando a ver qué era aquél inconmensurable espacio vacío que ocupaba todo el horizonte. Nos has regalado collares y pulseras y objetos de cuero artesanalmente trabajados. Y nos has regalado, por encima de todo, el recuerdo de tu presencia con nosotros. Somos ricos. Somos mucho más ricos que unos millonarios que conocemos que tienen unos trescientos millones de pesetas perfectamente muertos, parados, inútiles, que no sirven para nada, que no producen nada, ni siquiera bienestar para sus dueños, ni siquiera sensación de poder, ni siquiera sensaciones.

 

Sin embargo, me gustaría que la vida fuera capaz de garantizar al menos la comida diaria a todo el mundo, y el techo y el abrigo, la educación y la sanidad. Nada más (y nada menos). Luego, allá cada cual con su forma de entenderla y de actuar y de comportarse con sus hermanos. Nada más (y nada menos). Pero hace tiempo que descubrí que eso es imposible. Me costó digerirlo más que lo de los Reyes Magos o el ratoncito Pérez, más que entender que la magia no existe o que hay que mentir y disfrazar los sentimientos para sobrevivir.

 

Ahora ya estoy mucho más tranquilo desde que sé que también la mar está llena de fronteras infranqueables que impiden ir recogiendo los cadáveres que reyes poderosos y mafias inhumanas van lanzando a nuestras costas, los mismos que ordenaron levantar muros en un país que no era suyo (pero estos muros no se consideran vergonzosos en Occidente porque han contado con el visto bueno del País Sin Nombre), para evitar que los habitantes del Sáhara puedan regresar a él; los mismos que ordenaron sembrar un desierto de minas personales (una por cada uno de los demonios que, tarde o temprano, se los llevarán personalmente al iblis).

 

Por eso, la última vez que vio la mar ese occidental del que hablaba al principio, le pareció un inmenso cementerio, pero Hayat, Muna, Mohamed, Mariam, Raisa, Ali, Ahmed, Fatu, Hamadi, Sidia, Taqla ... le dijeron que no, vivos de risa.

(c.c.) Javier Auserd 26/10/01.

 


DARAGUA

Querida Fatme, nuestra otra niña saharaui, cuando dices la palabra mágica, invocas a uno de los cuatro elementos de la Tierra, invocas a una diosa poderosa y magnífica que da la vida mientras la bebes o la quita si falta o está enferma.

 

En las jaimas de los campamentos de vuestro, para nosotros, vergonzoso exilio, el agua está enferma. No hay agua potable aunque la invoques y la que hay puede quitar la vida en lugar de darla.

 

Querida Fatme, que cuando digas “Dar agua”, se forme un conjuro sobrenatural que conmueva a todas las fuerzas de la Naturaleza.

 

Te deseamos, Fatme, os deseamos de todo corazón, que cuando estéis allí y digáis “DARAGUA”, se produzca el milagro de que todas las madres saharauis puedan daros el agua de vida: BUENAGUA.

 

Y recuerda, Fatme, nuestra segunda hija saharaui, que cada día que estemos en este mundo tenemos que hacer algo emocionante, por ejemplo: vivir.

(c.c.) Javier Auserd 4/8/02.

 

 

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